¿UNA NOCHE MÁS?
La cena transcurre como muchas otras de las típicas de un sábado que se comparte con amigos. Ella está un poco inquieta porque él no los conoce y no sabe si se siente cómodo. Las conversaciones se suceden unas a otras, la mayoría de las veces sin que haya ningún nexo común. En ocasiones se entrecruzan varias a la vez.
Ella quiere estar en todas, le gusta aprovechar el tiempo con sus amigos, intenta, como si de un estéreo humano se tratase, escuchar una por un oído y otra por el otro, pero una inquietud se va incrustando poco a poco en su cerebro, se le clava como agujas ardientes y afiladas y le anula cualquier otro pensamiento que no sea él.
Quiere tocar su sexo, rozar el bulto que forman sus testículos en la cremallera de los jeans. Abre y cierra el puño varias veces, nerviosa, no se decide...
Las bocas siguen su trabajo sin darse tregua, beben, comen, fuman, gesticulan para dar salida a la voz, se dejan lamer por los labios de su propiedad, son limpiadas por suaves servilletas de tisú. Ninguna besa.
Ella se muerde ligeramente la suya y se imagina que en un descuido arroja la servilleta al suelo y finge recogerla para apoyar sutilmente la cabeza en ese bulto del pantalón que cada vez le atormenta más.
Sabe cómo es lo que hay en él. Un pubis poblado de vello rubio oscuro y rizado y unos testículos que hacen honor al nombre de huevos porque realmente tienen esa forma. No se podría decir lo mismo de los de algunos de sus anteriores amantes. Parecían castañas, lichis, higos, pero ningunos con una forma tan perfectamente ovoide como éstos. Tienen la piel lisa y fina, suave y cálida al tacto, acompañados de un pene que tiene la justa medida, ni demasiado corto ni demasiado largo, ni demasiado delgado ni demasiado grueso y, en erección, fuerte pero no tan rígido como para no permitir lubricar, no con esa rigidez que llega a hacer daño.
No, su pene permite cualquier ejercicio de contorsionismo sexual sin llegar a doler nunca.
Ellas están hablando de cómo organizan sus fines de semana familiares. El marido de una se encarga cada sábado por la mañana de lustrar los zapatos de todos – sería muy excitante ahora para ella rozar su sexo, mientras les explica cómo prepara crêpes los domingos para merendar- casi llega a hacerlo, pero detiene su mano justo a tiempo, sin atreverse a dar libertad a sus dedos.
Vuelve a pensar en su pene, en cómo le gusta lamerlo, succionarlo hasta llegar a la base, y luego acariciarlo lentamente con los labios. La piel es suave y de un color blanco que no difiere con el resto del cuerpo, cuando lo saborea le parece dulce.
Le gusta llenarse la boca de confitura de fresa e introducírselo dentro, cuando aún no ha entrado en erección.
El marido de otra explica que lee detenidamente varios periódicos mientras las niñas miran la TV, piensa que es una manera de "alimentar el espíritu", esto es algo que deja básicamente a los fines de semana – quizá podría empezar por meter la mano por entre sus ropas, deslizarla por la cintura y bajar ligeramente por el culo –
Empiezan una botella de vodka que los anfitriones guardan desde hace años, regalo del consulado ruso "para sellar nuestra amistad", como les dijo el cónsul.
Él le da a probar un sorbo y ella moja sus labios en el licor y los lame en un gesto
de complicidad. Él sabe en lo que piensa ella mientras lo hace.
Otro de los maridos diserta sobre la conveniencia o no de poner cubitos de hielo en la copa, dice que no, que el vodka debe servirse bien frío, pero sin hielo.
Ella entonces piensa que le gustaría chupar durante unos minutos varios cubitos de hielo y, por sorpresa, introducir su pene en la boca, fría, muy fría, y ver cómo reacciona.
Finalmente los invitados deciden que es hora de marchar, tienen sueño y están cansados.
No ha conseguido liberarse, marchan de la casa sin haber ni siquiera rozado una de sus piernas.
Se enfilan hacia las Ramblas. A él le gusta mirar las prostitutas, alguna vez ha pagado por ellas, aunque le confiesa que después ha sentido soledad. Ella las mira y siente envidia, daría cualquier cosa para ser en ese momento una de ellas y que él la reclamase. Quizá irían a una de esas pensiones rancias y húmedas que hay por la zona. ¿Cómo la trataría? ¿Sería cariñoso, la tocaría lentamente y le haría sentir placer? ¿O, simplemente, usaría su cuerpo como un vertedero de semen contenido y después se alejaría sin mirarla?
Hace tiempo que le quiere proponer un juego: ir a la zona de las putas que hay en la parte alta de la ciudad y mezclarse con ellas, ver quién la desea, y que él le pida sus servicios delante de algún incauto que la hubiese reclamado antes. Ella, claro, se decidiría por él, pero le propondría al otro que mirase cómo lo hacían para que así decidiese si le convenía o no. No sería nada complicado, tampoco se siente tan audaz. Lo más que harían es una felación en el coche. Ella se lo haría de una forma tan excitan- te que el otro se moriría de placer sólo con verlo y querría que, al precio que fuese, se lo hiciesen también. Ella le ordenaría que antes de entrar en el coche se quitase los pantalones, y entonces los arrojaría todo lo lejos que pudiese y los dos arrancarían el coche de él rápidamente, dejando al otro en esa ridícula situación.
Él compra un par de latas de cerveza a un vendedor ambulante que dice tenerlas más frescas que los otros. Le ofrece una a ella, pero antes sorbe un poco.
Caminan por calles malolientes y pobladas de una multitud multicolor, multirracial, multicultural, multieconómica, que va desde la miseria pura hasta la más absoluta de las iniquidades del ser humano. No se afecta, los inframundos le atraen y se siente parte de ellos. Dejarse llevar, arrastrarse por los desfiladeros de la condición humana más miserable llevada hasta sus últimas consecuencias.
Él la coge de la mano. No suele hacerlo. Generalmente cuando caminan lo hacen uno al lado del otro, sin apenas rozarse. Ella siente su calor pero necesita más.
Visitan varios de los locales que a esas horas de la madrugada permanecen abiertos. Están a rebosar, es materialmente imposible entrar o salir de ellos. Los cuerpos se entremezclan en un torbellino de carne sedienta de alcohol y sexo, pero que sólo calma la sed de lo segundo con lo primero.
Pasan junto a la entrada de un viejo edificio, sale gente que aparenta venir de fiesta. La entrada es decadente y hermosa, está en reconstrucción. Ella siente que desde arriba la están llamando. Asciende los peldaños de la escalera mientras lo invita a seguirla. Él lo hace a desgana, mira hacia arriba y calcula el número de pisos, pero está acostumbrado a ceder a estos juegos nocturnos y, al fin y al cabo… esta es una noche más.
Al final de la escalera hay una puerta que da acceso a una terraza grande y destartalada. Ella entra primero y contempla el trozo de cielo que la ciudad les ofrece. Las ventanas son los ojos de un viejo vigía que alberga imágenes de desamor, de violencia, de esperanzas, unas rotas, otras cumplidas, de borrachos, de pintores, de locos, de modistas, de putas, de mecánicos con insomnio...
La ciudad parece más hermosa desde esta altura, puede distinguir las torres de varias iglesias, y entre ellas las de la catedral. Las gaviotas sienten curiosidad por ellos y varias revolotean por encima. Él le hace que las observe, le llama la atención el modo en el que la luz se refleja en el color blanco de su plumaje, parece que lo vuelva fosforescente. Una
de ellas atraviesa el espacio que hay entre las dos torres de la catedral, como en un preámbulo amoroso entre la ciudad y sus habitantes nocturnos.
Ella está a la expectativa e indecisa, no se atreve a tomar la iniciativa. En el fondo teme que su deseo no sea correspondido en la misma medida, pero siente curiosidad por ver si él se entrega al juego sin que se lo insinúe.
Él está sentado sobre una especie de repisa, ella no se atreve a subir donde está él, se queda en el otro nivel. Está de pie y su cabeza queda justo a la altura de su sexo. Le pide que se lo ofrezca, desea comérselo.
Lo lame, lo besa, lo oprime entre sus labios. Luego él lo introduce entre sus pechos y a ella le produce un goce indescriptible. Desea que él bese sus pezones, se los muerda, los estruje entre sus dedos. Se siente la vaca de la película de Buñuel. Él es Buñuel y puede ordeñarla, montarla, azotarla… puede hacer con ella lo que quiera.
Es casi un paroxismo de placer. Sus piernas empiezan a temblar y su sexo le reclama más atención, ella le lleva la mano hasta el punto justo donde lo siente palpitar. Quiere seguir así mucho tiempo, que ese instante de placer sea tan intenso que cada vez que lo recuerde su cuerpo tiemble y se repita el orgasmo.
No sabe cómo, pero han acabado los dos en el suelo, ella desea que él la penetre y él quiere lo mismo, ella lo cabalga, aprieta su sexo contra el de él, lo comprime. Ahora están de pie, frente a la barandilla de la terraza, él la toma por detrás y ella le dice que la coja con fuerza, le gusta sentir la presión de sus manos justo en sus caderas, con contundencia, casi un gesto de violencia contenida. Las torres de la catedral y de las otras iglesias todavía siguen ahí, se diría que entre sus piedras las gaviotas los están espiando, como mudos testigos del acto. Ella siente cada vez más dentro el sexo de él, puede percibir su forma en toda la extensión. Los movimientos de ambos son rápidos, ella teme perder el equilibrio y se coge con fuerza a la barandilla, mientras él amasa sus muslos y continúa los movimientos cadenciosos que tanto placer le dan. La barandilla cede, no le da tiempo a reaccionar, los dos se ven impelidos hacia el vacío, sin que ni un centímetro de sus sexos se separe.
Cuando caen contra el suelo de la calle sus cuerpos siguen el uno en el otro, perífrasis de forma de lo cóncavo y convexo.
Magda.
¿UNA NOCHE MÁS?
¿UNA NOCHE MÁS?
La cena transcurre como muchas otras de las típicas de un sábado que se comparte con amigos. Ella está un poco inquieta porque él no los conoce y no sabe si se siente cómodo. Las conversaciones se suceden unas a otras, la mayoría de las veces sin que haya ningún nexo común. En ocasiones se entrecruzan varias a la vez.
Ella quiere estar en todas, le gusta aprovechar el tiempo con sus amigos, intenta, como si de un estéreo humano se tratase, escuchar una por un oído y otra por el otro, pero una inquietud se va incrustando poco a poco en su cerebro, se le clava como agujas ardientes y afiladas y le anula cualquier otro pensamiento que no sea él.
Quiere tocar su sexo, rozar el bulto que forman sus testículos en la cremallera de los jeans. Abre y cierra el puño varias veces, nerviosa, no se decide...
Las bocas siguen su trabajo sin darse tregua, beben, comen, fuman, gesticulan para dar salida a la voz, se dejan lamer por los labios de su propiedad, son limpiadas por suaves servilletas de tisú. Ninguna besa.
Ella se muerde ligeramente la suya y se imagina que en un descuido arroja la servilleta al suelo y finge recogerla para apoyar sutilmente la cabeza en ese bulto del pantalón que cada vez le atormenta más.
Sabe cómo es lo que hay en él. Un pubis poblado de vello rubio oscuro y rizado y unos testículos que hacen honor al nombre de huevos porque realmente tienen esa forma. No se podría decir lo mismo de los de algunos de sus anteriores amantes. Parecían castañas, lichis, higos, pero ningunos con una forma tan perfectamente ovoide como éstos. Tienen la piel lisa y fina, suave y cálida al tacto, acompañados de un pene que tiene la justa medida, ni demasiado corto ni demasiado largo, ni demasiado delgado ni demasiado grueso y, en erección, fuerte pero no tan rígido como para no permitir lubricar, no con esa rigidez que llega a hacer daño.
No, su pene permite cualquier ejercicio de contorsionismo sexual sin llegar a doler nunca.
Ellas están hablando de cómo organizan sus fines de semana familiares. El marido de una se encarga cada sábado por la mañana de lustrar los zapatos de todos – sería muy excitante ahora para ella rozar su sexo, mientras les explica cómo prepara crêpes los domingos para merendar- casi llega a hacerlo, pero detiene su mano justo a tiempo, sin atreverse a dar libertad a sus dedos.
Vuelve a pensar en su pene, en cómo le gusta lamerlo, succionarlo hasta llegar a la base, y luego acariciarlo lentamente con los labios. La piel es suave y de un color blanco que no difiere con el resto del cuerpo, cuando lo saborea le parece dulce.
Le gusta llenarse la boca de confitura de fresa e introducírselo dentro, cuando aún no ha entrado en erección.
El marido de otra explica que lee detenidamente varios periódicos mientras las niñas miran la TV, piensa que es una manera de "alimentar el espíritu", esto es algo que deja básicamente a los fines de semana – quizá podría empezar por meter la mano por entre sus ropas, deslizarla por la cintura y bajar ligeramente por el culo –
Empiezan una botella de vodka que los anfitriones guardan desde hace años, regalo del consulado ruso "para sellar nuestra amistad", como les dijo el cónsul.
Él le da a probar un sorbo y ella moja sus labios en el licor y los lame en un gesto
de complicidad. Él sabe en lo que piensa ella mientras lo hace.
Otro de los maridos diserta sobre la conveniencia o no de poner cubitos de hielo en la copa, dice que no, que el vodka debe servirse bien frío, pero sin hielo.
Ella entonces piensa que le gustaría chupar durante unos minutos varios cubitos de hielo y, por sorpresa, introducir su pene en la boca, fría, muy fría, y ver cómo reacciona.
Finalmente los invitados deciden que es hora de marchar, tienen sueño y están cansados.
No ha conseguido liberarse, marchan de la casa sin haber ni siquiera rozado una de sus piernas.
Se enfilan hacia las Ramblas. A él le gusta mirar las prostitutas, alguna vez ha pagado por ellas, aunque le confiesa que después ha sentido soledad. Ella las mira y siente envidia, daría cualquier cosa para ser en ese momento una de ellas y que él la reclamase. Quizá irían a una de esas pensiones rancias y húmedas que hay por la zona. ¿Cómo la trataría? ¿Sería cariñoso, la tocaría lentamente y le haría sentir placer? ¿O, simplemente, usaría su cuerpo como un vertedero de semen contenido y después se alejaría sin mirarla?
Hace tiempo que le quiere proponer un juego: ir a la zona de las putas que hay en la parte alta de la ciudad y mezclarse con ellas, ver quién la desea, y que él le pida sus servicios delante de algún incauto que la hubiese reclamado antes. Ella, claro, se decidiría por él, pero le propondría al otro que mirase cómo lo hacían para que así decidiese si le convenía o no. No sería nada complicado, tampoco se siente tan audaz. Lo más que harían es una felación en el coche. Ella se lo haría de una forma tan excitan- te que el otro se moriría de placer sólo con verlo y querría que, al precio que fuese, se lo hiciesen también. Ella le ordenaría que antes de entrar en el coche se quitase los pantalones, y entonces los arrojaría todo lo lejos que pudiese y los dos arrancarían el coche de él rápidamente, dejando al otro en esa ridícula situación.
Él compra un par de latas de cerveza a un vendedor ambulante que dice tenerlas más frescas que los otros. Le ofrece una a ella, pero antes sorbe un poco.
Caminan por calles malolientes y pobladas de una multitud multicolor, multirracial, multicultural, multieconómica, que va desde la miseria pura hasta la más absoluta de las iniquidades del ser humano. No se afecta, los inframundos le atraen y se siente parte de ellos. Dejarse llevar, arrastrarse por los desfiladeros de la condición humana más miserable llevada hasta sus últimas consecuencias.
Él la coge de la mano. No suele hacerlo. Generalmente cuando caminan lo hacen uno al lado del otro, sin apenas rozarse. Ella siente su calor pero necesita más.
Visitan varios de los locales que a esas horas de la madrugada permanecen abiertos. Están a rebosar, es materialmente imposible entrar o salir de ellos. Los cuerpos se entremezclan en un torbellino de carne sedienta de alcohol y sexo, pero que sólo calma la sed de lo segundo con lo primero.
Pasan junto a la entrada de un viejo edificio, sale gente que aparenta venir de fiesta. La entrada es decadente y hermosa, está en reconstrucción. Ella siente que desde arriba la están llamando. Asciende los peldaños de la escalera mientras lo invita a seguirla. Él lo hace a desgana, mira hacia arriba y calcula el número de pisos, pero está acostumbrado a ceder a estos juegos nocturnos y, al fin y al cabo… esta es una noche más.
Al final de la escalera hay una puerta que da acceso a una terraza grande y destartalada. Ella entra primero y contempla el trozo de cielo que la ciudad les ofrece. Las ventanas son los ojos de un viejo vigía que alberga imágenes de desamor, de violencia, de esperanzas, unas rotas, otras cumplidas, de borrachos, de pintores, de locos, de modistas, de putas, de mecánicos con insomnio...
La ciudad parece más hermosa desde esta altura, puede distinguir las torres de varias iglesias, y entre ellas las de la catedral. Las gaviotas sienten curiosidad por ellos y varias revolotean por encima. Él le hace que las observe, le llama la atención el modo en el que la luz se refleja en el color blanco de su plumaje, parece que lo vuelva fosforescente. Una
de ellas atraviesa el espacio que hay entre las dos torres de la catedral, como en un preámbulo amoroso entre la ciudad y sus habitantes nocturnos.
Ella está a la expectativa e indecisa, no se atreve a tomar la iniciativa. En el fondo teme que su deseo no sea correspondido en la misma medida, pero siente curiosidad por ver si él se entrega al juego sin que se lo insinúe.
Él está sentado sobre una especie de repisa, ella no se atreve a subir donde está él, se queda en el otro nivel. Está de pie y su cabeza queda justo a la altura de su sexo. Le pide que se lo ofrezca, desea comérselo.
Lo lame, lo besa, lo oprime entre sus labios. Luego él lo introduce entre sus pechos y a ella le produce un goce indescriptible. Desea que él bese sus pezones, se los muerda, los estruje entre sus dedos. Se siente la vaca de la película de Buñuel. Él es Buñuel y puede ordeñarla, montarla, azotarla… puede hacer con ella lo que quiera.
Es casi un paroxismo de placer. Sus piernas empiezan a temblar y su sexo le reclama más atención, ella le lleva la mano hasta el punto justo donde lo siente palpitar. Quiere seguir así mucho tiempo, que ese instante de placer sea tan intenso que cada vez que lo recuerde su cuerpo tiemble y se repita el orgasmo.
No sabe cómo, pero han acabado los dos en el suelo, ella desea que él la penetre y él quiere lo mismo, ella lo cabalga, aprieta su sexo contra el de él, lo comprime. Ahora están de pie, frente a la barandilla de la terraza, él la toma por detrás y ella le dice que la coja con fuerza, le gusta sentir la presión de sus manos justo en sus caderas, con contundencia, casi un gesto de violencia contenida. Las torres de la catedral y de las otras iglesias todavía siguen ahí, se diría que entre sus piedras las gaviotas los están espiando, como mudos testigos del acto. Ella siente cada vez más dentro el sexo de él, puede percibir su forma en toda la extensión. Los movimientos de ambos son rápidos, ella teme perder el equilibrio y se coge con fuerza a la barandilla, mientras él amasa sus muslos y continúa los movimientos cadenciosos que tanto placer le dan. La barandilla cede, no le da tiempo a reaccionar, los dos se ven impelidos hacia el vacío, sin que ni un centímetro de sus sexos se separe.
Cuando caen contra el suelo de la calle sus cuerpos siguen el uno en el otro, perífrasis de forma de lo cóncavo y convexo.
Magda.
¿UNA NOCHE MÁS?
Aquest blog es un regal de cumpleanys per a la Magda. La Magda es una persona amb molts interesos personals, intelectuals, ... escriu, canta, tira les cartes del tarot, participa amb causes a favor de la dona, i a mes es un encant !!!
Estem segurs que tan vosaltres com ella disfrutareu compartint inquietuds, pensaments i opinions.
Penetró,de pronto,
A través de la ventana,
Se recostó en mi almohada
Y me lo contó.
Esperé, como siempre,
Que esta vez
No fuese cierto
Y cruzando los dedos
Aspiré todo el aire
Que guardaba el secreto.
Palpé mi pecho... ¡era cierto!
Pálidos reflejos blancos
Iluminaron mi cuerpo
Y un olor, frío y antiguo,
Serpenteaba la cama.
Corrí como una loca
En busca de un espejo,
Y bajo una capa de polvo
Y de miedo
Los cristales rotos
Contaron un cuento.
"érase una niña
Que mató a su perro
Porque se comía sus flanes de huevo.
Y érase, también,
Los huesos azules
De aquél cementerio
Que un día lluvioso
Vieron alejarse
La blanca figura
De un antiguo perro
Había también,
Como en todo cuento,
Una linda casa
De magia y ensueño.
La niña dormía...
Todo era silencio,
Por la ventanita
Resoplaba el viento
-por los escalones
Subía ya el perro-
La colcha de rosas
Y de pensamientos,
La sábana blanca,
De encajes y sueños.
La niña dormía,
Todo era silencio
-junto a la camita
Se ha parado el perro-
La sábana blanca,
De encajes y sueños,
Fue virgen y pura
Hasta ese momento
... Hilillos de sangre
Acaban con ello.
La niña despierta,
Abraza a su perro,
... Y trescientos trozos
De cristales viejos
Reflejan en ellos
- y aquí acaba el cuento-
A trescientas niñas
Comidas por perros,
Porque ya no había
Más flanes de huevo.
Gonzalo, Este Blog es un regalo para Magda que cumple años el 19 de enero. Ella pues no te puede... read more
on el angel